¿Qué echo de menos de Moravia del Sur? La gente, el habla y las cosas sencillas
Tras mudarme de Moravia del Sur a Jihlava, empecé a darme cuenta de cuántas cosas sencillas daba por hechas: la gente, el habla, los huertos, los sabores y el viento cálido.
Cuando creces en un lugar, muchas de las cosas que te rodean no las percibes como algo especial. Simplemente están ahí.
La gente que te saluda, las calles conocidas, los huertos, la fruta que justo ha madurado en algún sitio, la forma de hablar que usan todos a tu alrededor.
Uno no piensa en ello.
Solo cuando me mudé de Moravia del Sur a Jihlava, en la región de Vysočina, empecé poco a poco a darme cuenta de cuántas cosas tan sencillas había dado en realidad por hechas. Algunas empecé a echarlas de menos casi enseguida. Otras, solo con el tiempo.
Y quizá lo que más me sorprendió es que no son grandes cosas. Son más bien pequeñeces.
Moravia del Sur, tal como la llevo dentro.
La gente y las charlas de todos los días
Cuando pienso en Moravia del Sur, me vienen a la mente sobre todo las personas. Siempre me parecieron abiertas, comunicativas, a menudo sonrientes y de buen corazón. Por supuesto, no digo que todo el mundo fuera así. Eso ni siquiera sería posible. Pero yo estaba acostumbrada a una determinada manera de comunicarse que hoy a veces echo de menos en algún sitio.
La gente de Moravia sabía reír mucho, incluso cuando tenía un trabajo duro o su vida no era siempre fácil. Conseguían encontrar al menos un momento para divertirse, sentarse juntos y reírse. 🙂
Y precisamente esa alegría y esa capacidad de convertir un día cualquiera en un buen rato siempre me cayeron simpáticas. Quizá también porque a mí me pasa algo parecido. Me gusta reír y me gustan las personas con las que uno simplemente se siente bien y con las que se puede reír de corazón. 🙂
Uno entraba en una tienda, se encontraba varias veces con la misma dependienta, intercambiaba unas palabras y poco a poco ya no se trataba solo de pagar e irse. Al cabo de un tiempo, en realidad ya se conocían un poco.
En los pueblos, claro, eso tenía también una pequeña desventaja. Allí, a todo el mundo le gustaba saber todo de todos. Quién fue adónde, quién llegó, quién estaba con quién, qué pasa en casa de cada uno y qué hay de nuevo. A veces era casi demasiado, pero hoy más bien me hace sonreír. Eso también formaba parte del ambiente. 🙂
Había en ello una extraña mezcla de cercanía, curiosidad y de que la gente simplemente sabía de los demás.
Huertos, fruta y la sensación de que siempre crece algo alrededor
Otra cosa que echo de menos es la tierra. El suelo. Los huertos. Esa sensación de que a tu alrededor siempre está creciendo algo.
Nosotros mismos no siempre tuvimos huerto. Aun así, estaba acostumbrada a que, cuando alguien tenía un exceso de fruta y ya no sabía qué hacer con ella, se la regalaba a un vecino o a una compañera de trabajo. Entonces me parecía algo completamente normal. Y por eso jamás se me habría ocurrido que algún día echaría de menos un cuenco de moras recién cogidas. O las uvas caseras.
Y, sin embargo, precisamente las uvas hoy a veces las echo de menos de verdad. Antes nunca lo habría creído. 🙂
Después de mudarme a Jihlava, además, durante un tiempo no sabía dónde conseguir algunas cosas. Dónde comprar grosellas negras, grosellas espinosas u otras frutas. Hoy, por supuesto, ya sé adónde ir. Pero me costó un tiempo encontrar mis nuevos sitios.
Y quizá de todo eso nació también mi alegría actual de cultivar en la logia. Aunque solo tiene unos metros, me encanta la sensación de plantar algo, verlo empezar a crecer y poder coger después mi propio tomate, pimiento o unas hojitas de hierbas aromáticas. Hay en ello algo profundamente familiar.
Viñedos y uvas que hoy a veces echo de menos de verdad.
Algunos sabores simplemente permanecen
A Moravia del Sur también la asocio con sabores. Y en realidad no sabría decir si los platos que pruebo en otros sitios son de verdad distintos o si solo soy yo quien los percibe de otra manera. Cada región tiene, al fin y al cabo, sus costumbres, sus recetas y su manera de preparar algunas cosas. Pero a veces pruebo algo y pienso que simplemente no es del todo eso. Sabe distinto. No exactamente mal. Solo distinto.
Y, al contrario, a veces basta un sabor o un olor conocido para que de repente uno vuelva con el pensamiento años atrás.
Es curioso todo lo que guarda la memoria. A veces no recordamos la fecha exacta ni lo que llevábamos puesto, pero un olor o un sabor lo recordamos con total precisión.
El viento cálido
Una de las cosas que sentí de verdad tras la mudanza fue el clima. En Vysočina me parece que hace más frío en general. Y probablemente lo noto sobre todo en el viento. En Moravia del Sur recuerdo días en que soplaba el viento, pero era cálido. Uno salía a la calle y no sentía en él ese frío.
Aquí a veces tengo la sensación de que, incluso en un día bonito, el viento encuentra igualmente la manera de recordarme que estamos en Vysočina. 🙂
Quizá sea una total nimiedad. Pero precisamente esas pequeñeces empieza uno a percibirlas solo cuando se muda a otro lugar. Antes ni se me habría ocurrido que algún día recordaría un viento cálido.
Y luego nuestra forma de hablar
Esa también la echo de menos. Malú, velkú, takovú… (en checo estándar «malou, velkou, takovou», es decir, pequeña, grande, tal). Palabras y terminaciones que toda mi vida me parecieron completamente normales. Hasta que me mudé a un lugar donde, naturalmente, no se habla así. Y hoy, cuando oigo en algún sitio ese dialecto conocido, casi siempre me pongo atenta. A veces basta de verdad una sola frase. Y enseguida tengo la sensación de conocer a esa persona de algún modo, aunque por supuesto no la conozco de nada. Solo el habla me resulta conocida. Y, de una manera extraña, cercana.
Fiestas, bailes y conciertos de rock
Cuando recuerdo la época en que vivía en Moravia del Sur, forman parte de ella también las diversas fiestas de pueblo, los bailes, los conciertos y las veladas de rock. Entonces no me parecía nada especial. Simplemente se sabía que en algún sitio habría algo y se iba a bailar. Era una parte habitual de la vida. Y eso es quizá una de las cosas de las que uno solo se da cuenta en retrospectiva.
Bodegas y capillas pintadas: un trozo de la tradición morava.
Volver a los lugares conocidos
Sigo volviendo a Moravia del Sur con muchísimo gusto. Y cuanto mayor me hago, más siento que no vuelvo solo a un lugar determinado. Vuelvo también a una parte de mi vida. Basta con pasar por una calle conocida y de pronto recuerdo algo en lo que no pensaba desde hacía años. Veo una casa y me vienen a la mente las personas. Paso junto a un sitio y de repente recuerdo lo que ocurrió allí en otro tiempo. A veces es una total nimiedad. Una frase. Una imagen. La risa de alguien. Y de pronto todo está otra vez mucho más cerca, por un momento.
Quizá precisamente por eso me gusta tanto volver allí. No solo por el aspecto que tiene Moravia del Sur. Sino por lo que guardo allí en mis recuerdos.
Un campo de amapolas y un pueblo en el horizonte.
El hogar puede estar en más de un lugar
Nada de esto significa que no me sienta bien en Jihlava. Todo lo contrario. Aquí también he ido encontrando poco a poco mis sitios, mis caminos y mis costumbres.
Me gusta Jihlava y la naturaleza que la rodea. Me gusta que tengamos muchas cosas al alcance de la mano. Y hace tiempo que sé dónde conseguir, comprar o ir a cada cosa. Solo que tardó un poco. Probablemente como todo lo que ha de empezar a resultarnos familiar.
Y quizá precisamente gracias a la mudanza comprendí que uno puede querer el lugar donde vive ahora y, a la vez, seguir echando de menos algunas cosas del lugar del que procede. Lo uno no excluye lo otro.
Moravia del Sur la llevo siempre dentro. En el habla. En los recuerdos. En los sabores. En cómo miro los huertos y todo lo que crece en ellos. En que me alegra intercambiar unas palabras con un desconocido. Y quizá también en que a veces echo de menos ese viento cálido al que entonces casi no prestaba atención.
Y cada vez que vuelvo allí, tengo una sensación extraña. Algunas cosas han cambiado. Otras siguen igual. Y algo de todo eso se ha quedado también en mí.
Hoy mi hogar está en otro sitio, pero nunca olvidaré de dónde vengo. Moravia del Sur será siempre una parte de mi vida, de mis recuerdos y de mí misma. Y siempre volveré allí con gusto. 🙂